Miguel Esteve es, además del propietario, el alma de Carnes Esteve. Una carnicería situada en el puesto número 90 del Mercado Central de Alicante desde 1994.

Desde los 5 años este alicantino tenía una idea clara, él de mayor quería ser carnicero, por eso cuando habla de este pequeño/gran negocio habla del sueño de un niño pequeño.
Esta filosofía y sentimiento por el oficio se traducen en una excelente calidad en los productos y un servicio excepcional.
En cuanto a producto, contamos con Valles del Esla como único proveedor de carne de ternera y buey. Y proveedores locales de cerdo y carne de ave que nos acercan día a día los mejores productos del mercado.
Valles del Esla es un Complejo Cárnico Integral ubicado en la montaña de León, fruto de un proyecto creado en 1996 por la Familia Álvarez, propietaria a su vez de Bodegas Vega Sicilia, con el propósito de unir tradición, innovación y solidaridad en torno a un objetivo empresarial único: producir y comercializar auténtico buey.
 
Nuestros bueyes, criados en libertad en la Montaña de León durante más de cuatro años, no sólo constituyen un medio de vida para la población rural de la zona, sino que contribuyen activamente a la preservación de ese maravilloso entorno natural, mediante el aprovechamiento racional de los pastos de montaña. Nadie cuida el ecosistema como ellos, desbrozando y abonando donde hace falta.
 
El buey es nuestra razón de ser y, por ello, garantizar su bienestar es nuestra prioridad. Desde la selección de una raza autóctona, la Parda de Montaña, perfectamente aclimatada a la zona, hasta la ubicación física de nuestro matadero –próximo a las explotaciones ganaderas para evitar el estrés que les provoca el transporte-, en Valles del Esla procuramos que nuestros bueyes disfruten de unas condiciones óptimas a lo largo de su vida.
 
La recuperación del sistema de pastoreo tradicional, la integración de los ganaderos de la montaña y la priorización del bienestar animal, son pilares básicos de un modelo de negocio que evoca épocas pasadas, en las que la excelencia exigía rigor, cariño y espera, una filosofía que define nuestra forma de hacer las cosas y de la que nos sentimos especialmente orgullosos.